Con el miércoles de ceniza, inicia una de las épocas más importantes del calendario litúrgico como es la cuaresma. Durante estas fechas la iglesia nos externa una invitación dirigida al arrepentimiento. Pero, ¿qué es en sí el arrepentimiento? ¿Cómo puedo hacer para alcanzarlo?
La realidad es que nuestro concepto de arrepentimiento se ha dirigido a condenarnos por nuestros pecados y evitarlos para no ir al infierno, muchas veces sentimos que el pecado hace una “enemistad” entre nosotros con Dios y estos conceptos nos generan una separación con Dios, que nos atormenta tanto la idea de haberle fallado, al punto que ya no queremos ni siquiera hablar con Él por la vergüenza de haber pecado.

Un arrepentimiento que nos haga crecer en vez de condenarnos

Jesús crece en un pueblo de ideología judía, basado en los escritos de la Toráh y entre ellos se encuentra el concepto de Hattáh, el cuál es el que usamos para definir pecado. Este concepto hebreo va muy de la mano con el concepto griego que utilizan los escritores del Nuevo Testamento el cual es Hamartano y ambos tienen un significado de desviarse del camino. No es tal vez el pecado algo que me condene y hace perder mi amistad con Dios, sino más bien un desvío de mi flaqueza humana por el cual debo regresar a esa senda inicial de mi humanidad; como es el ser imagen y semejanza de Dios.

Una introspección para cambiar

Dentro de lo que vive Jesús, está el concepto Judío de la Teshuvá, que probablemente puede ser el más cercano al concepto griego de la Metanoia, ambos son lo que llamamos arrepentimiento. Y estos conceptos son claramente una invitación a hacer una introspección para cambiar aquello en lo cual me hago daño, pues generalmente todo aquello que creemos que nos condena al infierno, nos roba la oportunidad de poder crecer personalmente y ayudar a otros a crecer. Jesús está familiarizado con estos conceptos, para Él el arrepentirse tal vez no es librarnos de un juicio para ir al infierno, esto puede ser una carga en nuestros hombros y nos puede evitar el deseo de progresar, es algo que nos motiva, como ser mañana una mejor persona de lo que fui hoy.

No es en la lujuria donde yo hago crecer mi persona, o no es perdido en un bar día y noche, no es en la pereza donde exploto mi potencial, ni es en la gula dónde puedo generar un mejor mundo. No es la envidia ni el egoísmo lo que me permite ayudar a crecer a otros ni mucho menos la ira, no es ofendiendo, no es irrespetando, no es golpeando, no es humillando como realmente alcanzo mi felicidad. Cobijarme en estas actitudes me hacen vivir un verdadero infierno.

Una invitación a crecer

Jesús nos invita a hacer esta introspección y que realmente seamos personas cristianas cambiando lo necesario para crecer. Él es claro al decirnos que debemos también ayudar a otros a alcanzar ese crecimiento. Lo vemos en el capítulo 13 de Lucas, donde luego de que nos habla del arrepentimiento sucede el pasaje de la mujer encorvada (tal vez por la carga que lleva en sus hombros de una ley que oprime) y no logra ni siquiera poder levanta la cabeza. Luego de ser perdonada por Jesús ella puede levantarse y hasta mirar al cielo sin vergüenza alguna. Luego Él nos cuenta cómo cambiar esta mentalidad nos puede hacer crecer tanto como el grano de mostaza que sembrando algo pequeño, puede crecer más que ninguna otra planta

Una cuaresma para convertirnos

Es sin duda alguna en la compañía de Jesús como podemos cambiar para ser mejores humanos, por ello la oración es clave para esto, pues solo Jesús nos puede dar esa fuerza que nos lleve a este cambio, cambio que sería inútil si no lo hacemos pensando en invitar e impulsar a otros a crecer junto a Jesús. Que esta cuaresma nos aceptemos como personas con errores, acerquémonos a la confesión, ahí podemos encontrar liberación y hasta consejos para cambiar, acerquémonos a la Eucaristía, es la mejor manera de intimar con Jesús y pongamos estos desvíos en nuestras oraciones para vivir así un arrepentimiento deseosos de mejorar, en lugar de estar temerosos de ser condenados por nuestras flaquezas.


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Alonso Ramírez

Alonso es ingeniero mecánico, es nuestro único escritor costarricense, proviene de Cartago y ahí es servidor y formador en la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Es amante de la historia de la Iglesia principalmente en los estudios de nuestros primeros padres, fanático seguidor de San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

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