Jesús en alguna ocasión predicando, se le acercó un maestro de la ley cuestionándole cuál era el primer mandamiento de todos, Jesús le respondió “Amarás al señor tu Dios sobre todas las cosas” agregando que el segundo era “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Suena sencillo leerlo incluso decirlo, pero qué difícil es vivirlo.

Es interesante cómo Jesús deja en claro que a quien le debemos todo primero que nada es al Padre. De él venimos, nos creó por amor, somos amor también nosotros, nuestra mirada debe ser puesta principalmente en Él que lo es todo. Y es que suena lógico, hay que amarlo a Él para después poder amar a su creación, los árboles, los pájaros, las montañas y sin duda alguna sus hijos, que a la vez son nuestros prójimos.

Sabiendo que todos venimos de donde mismo entonces nos empezaremos a reconocer como hermanos, nos trataremos como hermanos y nos amaremos también. En estos tiempos no es fácil, hablar del amor, se ha vuelto un sinfín de conceptos que a veces están plagados de materialismo y superficialidad. Porque el amor no es decir “te quiero”, ni regalar chocolates, ni abrazar fuerte, quizás podrían ser medios por los cuales expresamos el amor, pero más bien es una decisión de vida.

Amar significa acompañar en el dolor, sentirse feliz por el otro en las alegrías, orar en sus tristezas, aconsejarlo en sus errores, comprenderlo en las diferencias y ser compasivo en sus necesidades. Ya no suena tan fácil ¿verdad?. En casa tenemos a ejemplos perfectos de cómo se puede amar. Nuestros papás, ellos entienden perfectamente este don. ¿Cuántas veces no hemos sido renegados con ellos? Y a pesar de eso, no nos dejan de entregar todo lo que son. Así es como podemos comprender de qué se trata el amor y también cómo debemos comportarnos con los demás.

El amor no es un sentimiento pasajero que viene y se va, sino un don concedido por el todopoderoso que debemos cultivar día con día mediante la oración, siendo consciente de lo que tengo que realizar para hacer de este mundo un lugar mejor. Veamos hacia adentro, conozcamos y experimentemos eso que está en el fondo de nuestro corazón, para que una vez sabiendo lo bendecidos que somos podamos tomar la determinación de darlo a conocer a los demás con mis actos.

Actos en los que me doy cuenta que en mi prójimo está Dios. Sé que tal vez hemos escuchado esto un sinfín de veces, aun así, es necesario recordarlo cada día. Todos nosotros, seres humanos, estamos compartiendo este mundo, ¿por qué no hacerlo un lugar de armonía y paz? Ir por la calle y dar los buenos días, ayudar con un extra en mis tareas cotidianas de la casa o el trabajo, compartir un mensaje a alguien que se siente mal, orar por un sector de la comunidad vulnerable, preparar refrigerio extra para quien se pueda cruzar en mi camino, darnos el tiempo de separar la ropa que no usamos y regalarla, en fin tantas acciones en las que podemos amar que a la misma vez nos van a llenar de amor a Dios.

Ese momento será crucial en nuestras vidas porque estaremos llenándonos de puras bendiciones y las recibiremos de igual manera nosotros en algún momento.

“Aprendemos a mirar al otro no sólo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que parte del corazón y no se queda en la superficie; va más allá de las apariencias y logra percibir las esperanzas más profundas del otro: esperanzas de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor.” (Benedicto XVI, 4 de noviembre de 2012).

A lo largo de nuestra vida nos han enseñado a “hacer el bien sin mirar a quien” ¡NO! Miremos a nuestro hermano, a nuestra hermana de frente, reconozcámoslo hijo de Dios, veamos en su rostro los ojos preciosos de Dios y extendámosle una mano. Ese es el verdadero amor.

Un amor que es a Dios y al prójimo a la misma vez, sin ser uno separado del otro. Eso nos vino a enseñar Jesús al fin de cuentas, su vida fue testimonio puro de amor, su cruz representa esa unidad horizontal y vertical de amar a Dios que nos creó y a quien Él creó también. Festejemos esa capacidad que tenemos de amar y propongámonos hacerlos todos los días, cada minuto, cada segundo y lo más importante a cada persona que se cruza en nuestro camino.


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Fernando de la Fuente
Estudia Ciencias de la Comunicación, tiene 21 años y es reportero de noticias. Tiene 7 años de misionero y 4 años de servicio en un grupo de adolescentes. Reír es su hobbie favorito, orar su mejor instrumento para estar cerca de Dios y amar su mejor forma de vivir.

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