Por: Pbro. Lic. Roberto Luján Uranga

La Palabra de Dios para este día nos dice que Isaías profetizó el nacimiento del Mesías de una Virgen, algo humanamente imposible, pero divinamente posible, como lo dice el Evangelio: Nada hay imposible para Dios. Ni dar un hijo de su sangre a unos padres ancianos y estériles ni hacer que el Espíritu Santo descienda sobre una Virgen, María, para hacerla concebir al hijo de Dios sin concurso de varón. La que no alcanza, y es corta, es nuestra fe. Siempre dudamos de que Dios quiera o pueda hacer tal o cual cosa en favor nuestro.

Claro que Dios no va a permitir cosas moralmente malas para sus hijos, pero para lo bueno, no hay límites, o como dicen los americanos, “el cielo es el límite”. La fiesta de hoy nos ayuda a poner nuestra fe en Dios que es poderoso en obras y señales sobre todo cuando se trata de la redención de sus creaturas, a las que luego convertirá en hijos. Por la encarnación del Hijo de Dios se opera un maravilloso intercambio: el Verbo de se hace hombre para que nosotros los hombres pudiéramos ser hijos de Dios. Incluso algunos padres escritores de la Iglesia se atreven a decir: para que el hombre se haga como Dios. Pues el Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para exaltar nuestra humanidad.

La eterna divinidad de Cristo mordió el polvo de nuestra fragilidad humana y gracias a ese designio de su amor es que nosotros podemos aspirar, por la fe, a que nuestra naturaleza humana sea glorificada junto a Dios, tal como la naturaleza humana de Cristo, y también la de María, se encuentran glorificadas junto al Padre. Jesús, siendo el Hijo de Dios, el Rey del Universo, Aquél por quien existen y fueron hechas todas las cosas, en una palabra, siendo el Unigénito de Dios, aprendió a obedecer, y tomando cuerpo de hombre, se sometió a la divina voluntad, lo mismo que su madre la Virgen María aceptó la voluntad de Dios y se convirtió en el medio de salvación pues de Ella nació el Mesías, de Ella tomó nuestra naturaleza humana, en Ella, como en un santuario, se desposó la omnipotente divinidad con la humana fragilidad, uniendo en la persona divina del Verbo, de una vez y para siempre, la naturaleza divina con la humana, el cielo con la tierra, el aliento con el barro, la vida con la muerte, Dios con el hombre. PARA DIOS NADA ES IMPOSIBLE.

Basados en la Palabra de Dios pidámosle las cosas más imposibles, que son los milagros morales: la conversión de los pecadores, el reconocimiento por todos de la vida humana desde su concepción, pues esta fiesta nos empuja a ello: no sólo celebramos la Navidad el 25 de diciembre sino que 9 meses antes, celebramos la Encarnación del Hijo de Dios como una solemnidad, reconociendo tácitamente que el ser humano incluido el de Cristo, empieza a existir desde el momento de la concepción. Atrevámonos a pedir a Dios los mayores bienes y bendiciones para la humanidad según su Sabiduría y su Omnipotencia y exclamemos como Cristo y como la Virgen: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.


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