Yo descubro al menos tres momentos del llamado que me hizo el Señor; el primero fue a la vida, aunque solo somos dos hermanos, yo soy el embarazo número cuatro de mi mamá , el primer embarazo fue un aborto espontaneo, el segundo es mi hermano el mayor, el tercero un hermano que falleció a los 8 días de nacido por complicaciones cardiacas y una serie de malformaciones, según me han contado mis papás, y yo soy el último de los embarazos y quizás uno de los que batallo más mi mamá. No quiero enfocarme en esta etapa de vida en esta ocasión aunque es fundamental para mi vocación; quiero platicarles, más bien, cuando estoy a punto de terminar el nivel medio superior.

El comienzo

 

Todo inicia en septiembre del 2004, yo cursaba el 5 semestre del CBTis 122 en la ciudad de Chihuahua, toda mi vida, al menos desde que tengo conciencia, cuando alguien me preguntaba que quería ser de adulto, yo siempre contestaba: quiero se doctor para curar a las personas enfermas. Jamás deje de desearlo !!!; siempre tuve el anhelo de ser médico. Volviendo a septiembre del 2004, en ese mes se celebran los congresos católicos para adolescentes en la capital de estado. Yo, desde muy temprana edad, a los 4 años de edad ya iba al catecismo, mi mamá era catequista y me inscribió en el curso para llevarme con ella, a los 6 años de edad hice mi primera comunión, y desde entonces me gustó ir a la iglesia, terminé hasta sexto año el catecismo y al tener yo 12 años inicié mi servicio en la Iglesia como catequista, duré dos años dando catecismo, y a los 13 años acudía a un grupo de adolescentes, donde se me invito a trabajar en diversos ministerios de la parroquia, daba cursos de confirmaciones, fui proclamador de la palabra y también formé parte del coro parroquial, me agradaba la vida parroquial. En ese septiembre del 2004 acudí, con el grupo al que pertenecía, al congreso de adolescentes fue una experiencia que marcó mi vida, por primera vez conocía de los diferentes carismas que hay en iglesia, conocí que existía la vocación y que algunos son llamados a la vida de matrimonio, otros a la vida consagrada en sus respectivas ramas; eso encendió una chispa en mi corazón por la vida sacerdotal, recuerdo que cuando terminó el congreso regrese a mi casa muy emocionado y le dije a mi mamá que quería ser sacerdote, su respuesta fue espontánea: estás loco!!! Tú siempre has querido ser médico, eso del sacerdocio solo fue un momento de emoción por el congreso. Yo ya no comente nada, pero al reflexionarlo durante meses la inquietud continuaba aunque el deseo profundo que estaba arraigado en mi corazón por estudiar medicina nunca se apagó.

La decisión

Entonces tome una decisión, en abril 2005 tras el anuncio de la muerte de San Juan Pablo II, un Papa que siempre me produjo mucho cariño y admiración, siendo las tres de la mañana me desperté para ver por la televisión su funeral, estando viendo la tele me dio un gran deseo de rezar el rosario, algo que en verdad no hacía, me era difícil hacerlo, incluso aburrido, pero ese día lo deseaba muchísimo, al terminar el rosario cerré mis ojos y entonces exclame: Señor, en verdad te digo que me ha llamado mucho la atención la vida sacerdotal, pero en mi corazón también hay un anhelo que he alimentado durante años de ser médico, anhelo poder curar a quienes lo necesiten y ofrecer todo la carrera a tu servicio. Te pido me concedas, por intercesión de Juan Pablo que ahora está contigo en el cielo (cabe mencionar que yo no sabía que después lo proclamarían santo), ser médico y si después de terminada la carrera, Tú aún me llamas para la vida sacerdotal, también por intercesión del Papa, me permitas darme cuenta de ello.

Cabe mencionar que no ingresé a Medicina en el 2005, año en que termine la preparatoria, no logré ingresar por la demanda que siempre ha tenido esa carrera, pero al año siguiente presenté de nuevo el examen de admisión y entonces sí fui aceptado, eso realmente me hizo muy feliz. Durante toda la carrera jamás volví a pensar en la vida sacerdotal, me apasionaba tanto estudiar medicina, que llegué a olvidar aquella promesa, continué en mi vida parroquial a lo largo de los años, a pesar de la dificultad de la carrera jamás deje mi servicio en la parroquia, eso me ayudó a fortalecer mi espíritu y nunca olvidarme de que si estudiaba Medicina era para servir al Señor a través de los enfermos. La carrera dura 7 años, de los cuales 5 años son en la facultad y realizando prácticas en diversos hospitales y clínicas, el 6to año, se le llama el año de internado, pues es un año donde dejas de ir a las aulas de la facultad e inicias a trabajar jornadas de hasta 36 horas continuas en el hospital, ese año si me alejé de manera drástica de la vida parroquial, pero también fue el año más rico en experiencia en mi vida. Fue muy difícil pues tuve que aprender a desprenderme de mi familia, de las actividades que regularmente hacia y sobre todo a prender a trabajar bajo presión sin perder la caridad en el servicio, pienso que aunque fue un alejamiento de la Iglesia, también fue uno de los años donde Dios se hizo más presente.

Durante este año (2011) fue cuando el Señor me hizo recordar aquel anhelo que yo había preferido posponer para estudiar Medicina. Tras iniciar las guardias médicas (jornadas laborales de médicos internos y residentes que duran hasta 36hrs continuas) me tocó , en el segundo mes del año del internado, el área de cirugía de hombres, fue donde conocí a don Emiliano Zapata un paciente de aproximadamente 45 años con diagnóstico de pie de Charcot, o sea, es un paciente diabético con una ulcera grandísima en la parte plantar del pie que llega hasta el hueso, este paciente vino a cambiar mi rumbo en la vida, bueno fue el instrumento que Dios utilizó para recordarme el deseo de ser sacerdote. A Don Emiliano me tocaba visitarlo todos los días pues tenía que hacerle curaciones diarias, por cierto, curaciones que le lastimaban mucho a pesar de la anestesia local que le ponía, en una ocasión llegue a su cama lo saludé como de costumbre y preparé todo para hacerle la curación, le dije algunas indicaciones y la que nunca me faltaba era decirle: ya sabe, y le va doler mucho; él siempre tenía en su rostro una apariencia depresiva, en su mirada había mucha tristeza, inicié a realizarle la curación y recuerdo que sangraba mucho su pie, pues era necesario quitarle todo el tejido muerto, terminé colocando un vendaje y me dirigí a él y noté que estaba llorando, se me hizo raro pues nunca lo había visto llorar, recuerdo que le pedí disculpas por lastimarlo tanto y el mirándome me dijo: no, doctor no lloro de dolor, al contrario lloro porque es la primera vez que me hacen una curación de esta magnitud y no sentí nada, es usted un ángel. A partir de aquel momento trate de ser más cercano a él, pues notaba que era un paciente al que nadie visitaba, entonces yo me daba oportunidades para ir y hablar con él hasta que una ocasión, él me conto su historia de vida, era un hombre con familia pero su esposa lo había abandonado por su enfermedad y sus hijos ya no querían saber nada de él, se sentía solo y abandonado, entonces comprendí que lo único que necesita don Emiliano era un poco de cariño y en mis limitaciones traté de dárselo. El semblante de su rostro inició a cambiar, se veía más animoso y cuando estaba triste me platicaba como se sentía y yo aproveché para hablarle de Aquel que siempre nos ama. Lo mejor de todo esto fue, que al ir cambiando él su actitud depresiva también su padecimiento físico inició a mejorar, antes de todo esto el especialista que lo veía me había dicho que lo más seguro era que don Emiliano perdiera su pie, por la gravedad de la infección, porque corría el riesgo que subiera a la enfermedad y lo pudiera matar. Don Emiliano en menos de un mes fue dado de alta con todo y su pie sano.

Médicos de almas

Esta experiencia y entre otras, me ayudaron a comprender la necesidad que hay de médicos para sanar el cuerpo, pero también la necesidad de atender el alma, entonces recordé aquella promesa que le había hecho a Dios aquel 8 de abril del 2005 durante el funeral de San Juan Pablo II, y comprendí que el Señor me llamaba a ser médico de cuerpos pero también médico de almas. Quizás aquí suena sencillo el hecho de darme cuenta de la vocación a la que llamaba el Señor, y muy extraordinario la experiencia contada del llamado, pero en realidad fue muy difícil el darme cuenta de ello y sobre todo la situación fue muy ordinaria, yo era un médico común en un hospital común. Termine mi año de internado en el 2012 e inicié el año del servicio social, el último de la carrera, en el 2012-2013, en la ciudad de Cuauhtémoc, donde me tocó atender una clínica pequeña en un barrio periférico de la ciudad. Este año, como lo defino yo, fue tomarme el Señor y llevarme al desierto; viví una soledad que me ayudo a reafirmar el llamado que Él Señor me hacía. Al terminar el año del servicio social en julio del 2013, me comuniqué con el padre encargado de la pastoral vocacional, Pbro. Ricardo Gómez, y le planteé las dudas que tenía sobre mi vocación, él me dijo que era necesario que acudiera vivir la experiencia de un preseminario, el cual ya había pasado para cuando yo me comuniqué, y eso me ayudaría a discernir mejor mi llamado. Entonces me recomendó que era mejor que continuara en mi labor de médico y que si quería podrían darme un acompañamiento vocacional durante un año para discernir si quera segur ese camino sacerdotal y así lo hice.

En septiembre de ese mismo año, cual es mi sorpresa, que me invitan de nuevo a un congreso de adolescentes, yo para entonces ya no era un adolescente, pero accedí para ayudar a los muchachos que en esa época coordinaban el grupo donde yo me había formado más intensamente en la vida parroquial, mi sorpresa fue que ahí mismo fue donde el Señor confirmó todas mis inquietudes vocacionales. Tras iniciar la hora santa siendo aproximadamente las 4 de la tarde del sábado 21 de septiembre del 2013, el padre César Carrillo, quien era quien dirigía la hora santa, exclamó: voy a leerles una cita bíblica y quiero que aquello que más resuene en su corazón, lo guarde en su mente y se lo entregue al Señor; entonces tomó las sagradas escrituras y leyó en el evangelio de Juan 1, 35-39. Lo que resonó en mi corazón fue “Maestro, ¿Dónde vives? Les respondió: vengan y lo verán”. Entonces comprendí que el Señor me invitaba a estar con Él, pienso que desde aquella tarde yo inicié a seguir al Señor aunque aún no entraba al seminario. Llevé acompañamiento durante todo ese tiempo hasta mi ingreso al seminario en agosto del 2014. Actualmente curso, como ya les había dicho, el quinto año del seminario, y en verdad les digo que no me arrepiento hasta el momento del haberle dicho que “sí” al Señor, no ha sido fácil, porque fue necesario renuncia a muchos sueños y anhelos que tenía, yo ya me encaminaba hacia un proyecto que tenía desde niño, mi objetivo era hacer una especialidad en Pediatría médica y sub-especializarme en Oncología pediátrica (niños con cáncer), y en verdad lo sueños se iban haciendo realidad, amo muchísimo mi carrera, me fascina ser médico y me doy cuenta que el Señor también así lo quiso, me permitió ser médico y soñar con todo lo que anhelaba para que por medio de la medicina yo me encontrara con Él y me mostrara el camino a seguir, ya no sería solo médico de cuerpos sino me llamaba a ser médico de almas y esta especialidad es la que el Señor me ha dado a desear ahora

Confío en Él Señor, para que esta historia sirva como ejemplo de las maravillas que Dios hace en nuestras vidas, y que cuando el plan de Dios se conjuga con el nuestro, el hombre encuentra sentido a su existencia


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